Cuando desperté del letargo causado por aquel infortunio me explicaron que había sufrido cierta lesión leve de tipo amnésica y que la confusión podría durarme algunos días, incluso algún que otro mes. Realmente no sé porqué, ya que las dudas implosionaban vivazmente en mi cabeza, pero algo me instó a confiar en la palabra de quienes me dieron tal diagnóstico. E hice bien porque eso fue exactamente lo que pasó. Todo me resultó verdaderamente extraño y os confesaré que no me agradó nada la impresión que absorbí de aquello. No me gustó en absoluto a lo que me tenía que, en cierto modo, adaptar. No recordaba que yo perteneciera a ese lugar, ni comprendía que me relacionara anteriormente con todas esas personas que decían conocerme. ¿Qué sería lo que teníamos en común? –me preguntaba incesamente. Permanecía ahí junto a ellos, sí, pero con objeto único de mi recuperación. Me dijeron que era lo mejor para mí, que me ayudaría el volver a aclimatarme. Y lo intenté, ¡vaya si lo intenté!. Y extrañamente, supongo, no conseguía empatizar con lo que parecía haber sido mi rutina anterior. Y lo peor de todo es que se me asemejaba a una gran jaula compartida con pajarillos trinando y revoloteando cada uno a su antojo y, mientras tanto, en el centro de la pajarera estaba yo, ocupando el “privilegiado” balancín central con visión directa a la puerta cerrada y bien asegurada desde fuera. Definitivamente estaba atrapada, detestaba aquellos barrotes con los que chocaría al intentar volar. Por ello intenté asimilar todas mis dudas y darles respuesta tan pronto como me fuera posible. Tenía que ser más fuerte que toda esa confusión ahora causada por la contradicción entre mis ambiciones y esta manifiesta decepción de ¿mi realidad?, y así, fuera en campo abierto o en cárcel, sentir a mi manera la libertad.
Bastante desconcertada, oí de fondo un sonido familiar: titití, titití, titití.... El locutor de radio me dio enérgicamente los buenos días a la vez que me informaba de la hora a la que programé anoche mi despertador. Lo cierto es que siempre se agradece amanecer con tal recibimiento. Al incorporarme caí en la cuenta de que al parecer mi fase REM de esa noche había decidido dárselas de gamberra y hacerle experimentar a mi frente algo parecido a la gota fría. Pero ese es el trato que hizo mi subconsciente con el descanso y había que respetarlo. Al fin y al cabo, al despertar todo se olvida y se ve con mayor claridad. Limpié mi rostro, me levanté, me aseé, me vestí, desayuné y salí a la calle dotándole de paso ligero a la jornada que emprendía hoy. No sé si sería por el ritmo de la marcha pero pronto volví a padecer esas sensaciones similares al monzón estival por mi frente a medida que avanzaba el tiempo que pasaba en el exterior. O quizás fuera... ¿otro sueño? Quizás aún no haya despertado... Quizás... No puede ser... es... es como... es como si hubiera tenido una noche premonitoria o quizás no había acabado y era una continuación de la misma, lo que resultaría ciertamente esperanzador. Pero ahora quien sufría amnesia no era yo, sino todos los demás. Se había extendido como una epidemia y por alguna extraña e injusta razón yo estaba siendo castigada al no sufrirla del mismo modo que ellos. Podía percibir un vacío en los ojos de la gente con la que me topaba, no se miraban los unos a los otros y tampoco les importaba, el resto no importaba. Incluso aquellos a quienes yo apreciaba no me reconocían, ni si quiera a mí me correspondían la mirada. Se habían convertido en extraños expertos en el olvido, justo donde parecía que yo había quedado relegada. Me habían excluido de su jaula, yo estaba en libertad. Era la única en libertad, y de ese modo me habían convertido de nuevo en la única prisionera. No comprendo nada... ¿es que acaso no recuerdan lo que teníamos en común?.
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